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Actualizado: 02/07/2024 13:30

Música

Un vals en el Almendares

A cincuenta años de la muerte de Erich Kleiber, el más grande director sinfónico de la República.

Quiso una extraña jugada del destino que uno de los más grandes intérpretes mozartianos entre los directores de orquesta muriera justo el día en que el mundo conmemoraba el bicentenario del natalicio del compositor de Salzburgo. Erich Kleiber, también austriaco como Mozart, murió repentinamente en una solitaria habitación de hotel en Zurich el 27 de enero de 1956.

Dos años antes había ofrecido su último concierto en La Habana, en esa ocasión como director invitado de la Orquesta Filarmónica, de la que había sido director en propiedad en la década anterior, entre 1943 y 1947.

La última pieza en el programa del concierto final, durante aquella fugaz visita de 1954, el día 29 de enero, fue una obra que puede parecer obvia en cualquier repertorio tradicional, mucho más en el de un director que solía decir: "Wo ich dirigiere, ist Wien" (Dondequiera que yo dirijo está Viena): el vals El Danubio azul. Pero lo que parecía natural era, en el fondo, un gesto sarcástico, una suerte de burla sutil contra cierto sector del público melómano habanero.

En 1947, la renuncia de Kleiber a la dirección de la Filarmónica y su violenta ruptura con el Patronato que dirigía y financiaba la orquesta, se desató precisamente cuando el entonces presidente de esa institución, José Aixalá, intentó forzar al director vienés para que incluyera en uno de los programas el no por célebre menos meloso vals vienés. Kleiber se negó aduciendo razones estéticas y de coherencia del programa, pero los del Patronato no dieron su brazo a torcer. Para Kleiber, aquel gesto constituía una intromisión ilegítima e intolerable en la programación artística. Y se marchó.

El incidente del vals fue sólo el detonante. Desde hacía unos dos años se habían venido produciendo sucesivas fricciones entre Kleiber y la nueva dirección del Patronato. Prueba de esa misteriosa relación vital entre Kleiber y Mozart, el otro homenajeado, es otro hecho relativo a la programación de la orquesta.

'La guerrita del vals'

Para el final de la temporada de invierno 1946-1947, Kleiber había confeccionado un programa que incluía dos óperas, y el director opinaba que una de ellas debía ser de Mozart — Don Juan o La Flauta Mágica—, ninguna presentada en Cuba, lo que indicaba suficientemente la necesidad de brindarlas al público. Pero el Patronato, después de una larga y dura lucha, impuso que la ópera italiana monopolizara la escena y fueron escogidas La Bohemia y Rigoletto.

Pero fue el vals el que desató la polémica. La prensa cubana se polarizó y se sumió durante meses en una guerra cultural pocas veces vista, algo que se conoce como "el caso Kleiber" o "la guerrita del vals". Algunos de los más importantes intelectuales cubanos de la época, como Gastón Baquero o Alejo Carpentier, salieron en defensa del director vienés y criticaron duramente la actitud de la directiva del Patronato.

Otros apoyaron al Patronato, y vieron su oportunidad para atacar las veleidades y hasta para poner en duda el talento del hasta entonces intocable director de la Filarmónica. Independientemente de las opiniones de unos y otros, casi todos coincidían en que la partida de Kleiber significaba una enorme pérdida para la vida cultural cubana.

Y en verdad, no era para menos. La permanencia de Kleiber en Cuba merece un análisis aparte en cualquier estudio histórico sobre la música de concierto en la etapa republicana. A su probada maestría en el difícil arte de la dirección orquestal, unía el sagrado don de saber enseñar, y un espíritu de colaboración con los músicos bajo su batuta, al que mucho deben aún varias grandes orquestas del orbe, y entre ellas debería agradecerlo —de no ser por la manera en que se han silenciado en la Cuba castrista los méritos de Kleiber— cualquier orquesta sinfónica cubana.

Y es que la labor de Kleiber en Cuba fue mucho más abarcadora. Tal vez lo que le proporcionó las mayores simpatías en nuestro país fue la creación de los conciertos populares, en los que, por un precio bastante módico, los sectores de menores ingresos podían escuchar, los domingos en la mañana, la misma música que se ofrecía la noche del día siguiente en los llamados conciertos de gala.

Cuba, en deuda con Kleiber

En la programación, Kleiber continuó la labor iniciada por Tomás, Roig, Sanjuán y Roldán, ofreciendo primeras audiciones de muchas piezas del repertorio universal, ahora con una calidad interpretativa que superaba con creces al de directores anteriores. En los ochenta conciertos que Kleiber ofreció en Cuba entre 1943 y 1954, el director vienés ofreció cuarenta obras en primera audición en Cuba, incluyendo en esta cifra estrenos absolutos o parciales del repertorio contemporáneo universal y cubano.

Estrenó en Cuba importantes obras del repertorio contemporáneo (también una especialidad del vienés, que se destacó en los años veinte por sus estrenos mundiales de obras contemporáneas), tales como Matías el pintor, de Hindemith, tres fragmentos sinfónicos de la ópera Wozzeck, de Alban Berg, la suite Homenajes, de Manuel de Falla, entre otras.

Asimismo, y contrariamente a lo que se afirmó luego sobre un supuesto desinterés de Kleiber por la música cubana y latinoamericana, el vienés respondió a un llamado público del Grupo de Renovación Musical, incluyendo de inmediato en los programas de la Filarmónica obras de los cubanos Ardévol, Pablo Ruiz Castellanos, Roldán, Caturla, Gilberto Valdés, Julián Orbón y Joaquín Nin-Culmell, así como de los argentinos Alberto Ginastera y Juan José Castro.

Todo ello desmiente las oportunistas acusaciones que hiciera contra Kleiber un músico como José Ardévol, quien, después de 1959, se convertiría en el zar de la música cubana dentro del recién fundado Consejo Nacional de Cultura. Una de esas acusaciones situaba a Kleiber como "aliado de los sectores musicales más reaccionarios", y todo porque el vienés se había concentrado más en el repertorio romántico (Beethoven, por ejemplo, fue uno de los más interpretados).

Con ello se olvidaba (o más bien se ignoraba) que el director austriaco se tomó muy en serio lo de la superación técnica de la orquesta, y que, según un precepto muy particular suyo, toda orquesta sinfónica, para poder aspirar a la condición de tal, debía conocer a fondo las nueve sinfonías del Gran Sordo de Bonn y ejecutarlas "bajo una misma mano, para que advierta la continuidad y el desarrollo de un estilo".

Consecuente con ese principio, interpretó en Cuba las nueve sinfonías, algunas en más de una ocasión. Por último, cuando figuras como Ardévol o Gramatges le reprochaban a Kleiber no estar compenetrado con nuestro mundo cultural, olvidaban la profunda y sincera admiración del austriaco por la truncada obra de Roldán y Caturla, y soslayaban al mismo tiempo las fraternas relaciones del vienés con los músicos de la orquesta o con intelectuales cubanos como Wifredo Lam, Julián Orbón o el propio Alejo Carpentier (el único que, dicho sea en su mérito, intentó revindicar la figura y los esfuerzos del vienés después de 1959).

La partida

En marzo de 1947, Kleiber partía definitivamente de La Habana rumbo a Buenos Aires. Su labor en Cuba, sin embargo, como auguró Hilario González en un artículo en Hoy, iría "engrandeciéndose con el devenir de la historia". En unas inspiradas palabras publicadas en Carteles con motivo de la muerte del director en 1956, el crítico Antonio Quevedo apuntaba:

"Para él [para Kleiber], el podium de una orquesta no era pedestal sino púlpito, y con esa mira tan elevada dirigió durante tres temporadas enteras nuestra Orquesta Filarmónica de La Habana, llevándola a un grado de perfección que nunca tuvo hasta entonces, y —podemos afirmarlo sin herir susceptibilidades— no volverá a tener mientras no surja otro Kleiber con distinto nombre que la levante de nuevo".

Así fue. Y así ha sido. Las emotivas palabras de Quevedo han conservado su carácter profético hasta hoy. El Patronato continuaría sus actividades unos pocos años más hasta 1950, fecha en que quedaría disuelto definitivamente. Su decadencia había comenzado hacia 1945, desde el momento en que su fundador y generoso mecenas, Agustín Batista, "trasladó la prioridad de su talento organizativo para otra actividad, menos espiritual pero más rentable, poniéndola al servicio de The Trust Company of Cuba, un banco quebrado que comprara en 1943 para convertirlo, como hizo también con la orquesta, en el primero de Cuba".

Salvo el breve período en que la orquesta fue dirigida por el argentino Juan José Castro (1947-1948), por su estrado desfilaron varios directores ocasionales de probado talento, pero sin la capacidad ni el interés por trabajar en favor de una superación de la orquesta. Cuando en 1950 se produce el cisma definitivo entre los músicos y el Patronato, comenzaría lo que un instrumentista de aquella gloriosa agrupación denominaría el período de "declinación y muerte" de la Orquesta Filarmónica.

La partida y la renuncia de Kleiber, por tanto, fueron en cierto modo el primer episodio en el proceso de decadencia de una de las instituciones culturales más importantes de la República.

© cubaencuentro

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