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Actualizado: 02/07/2024 13:30

Cine, Arte 7

La justa muerte de Robert Bresson

Cada una de sus películas desnuda la petulancia de la mayoría de los directores, que han creado estilos elaborados solo para limitarse a transmitir expresiones superficiales

Apenas unos días separaron al cineasta francés Robert Bresson del nuevo milenio. La muerte llegó justa, aunque algo apresurada luego de 98 años en que el realizador se permitió realizar solo 13 películas en 40 de carrera.

Resulta difícil imaginar a Bresson en este siglo. Su obra, desde el punto de vista artístico y financiero, encierra la paradoja de ser eminentemente cinematográfica al tiempo que alejada de los moldes más tradicionales del cine; los mismos que cada vez tienen mayor fuerza en las producciones que a diario se exhiben en las salas. Bresson no cabe en el mundo de los teléfonos inteligentes, la internet que es todo colorido y de las computadoras emitiendo sonidos tras cada cliqueo.

Cada una de sus películas desnuda la petulancia de la mayoría de los directores, que han creado estilos elaborados solo para limitarse a transmitir expresiones superficiales.

Al referirse a Un condenado a muerte se escapa, Guillermo Cabrera Infante lo define con palabras justicieras: “Sucede que Bresson trabaja con un tal fervor, una dedicación y una seriedad que hacen parecer el resto del cine, por contraste, obra de artesanos frívolos y dispendiosos, que teniendo una varita mágica la malgastan en pedir que llueva dinero, en ser felices por hora y media o en que salga una paloma de una chistera: en boberías”.

Por su parte, el crítico cinematográfico francés André Bazin afirmó que en sus películas, Bresson “renueva los poderes del cine gracias a su aparente negación”.

El entusiasmo y la lucidez de Bazin y Cabrera Infante por la obra de Bresson no son explicables por razones de gusto o ideológicas. Bazin era un apasionado del neorrealismo italiano mientras el cubano no se cansaba de afirmar su preferencia por el cine norteamericano. Sin embargo, ambos encontraban el arte cinematográfico en su esencia más pura en la sobriedad descarnada de Bresson.

Francois Truffaut dijo de él que “su cine estaba más cerca de la pintura que de la fotografía”. El comentario es agudo pero injusto. Truffaut confunde la primacía de la imagen bressoniana con la verdadera vocación de su cine, que es la preponderancia del objeto.

Ese estilo —que prefiere concentrarse en los rostros y rechaza lo teatral y melodramático de la trama por una puesta en escena despojada de artificios— no hace más que presentar una verosimilitud que va más allá de la realidad impuesta en la pantalla.

Para ello contrapone el desarrollo interior de los personajes —pleno de significados, sus actitudes y conductas, conversaciones y el ambiente en que se manifiestan— con el texto que sirve de base a la película.

En ningún filme de Bresson lo anterior está mejor logrado que en El diario de un cura rural, que junto a Un condenado a muerte se escapa y Mouchette forman lo mejor de su obra. Aunque son difíciles las distinciones en una trayectoria que en pocas ocasiones —por ejemplo en su última cinta L'Argent— perdió fuerza y rigor expresivo.

En El diario de un cura rural Bresson prefirió los pasajes menos cinematográficos de la novela homónima de Georges Bernanos, incluso eliminó las descripciones violentamente visuales del texto y se negó a transformar en diálogos las partes en que el sacerdote cuenta una conversación.

El resultado es, según Bazin, “la incesante pobreza de una imagen que se esconde por el simple hecho de que no se desarrolla”.

Puede parecer una crítica pero es un elogio. De esta forma, se llega a la esencia del relato a través de la más estricta elaboración estética, que renueva los poderes del cine gracias a su aparente negación.

Con las tomas de la mano escuálida del sacerdote escribiendo el diario, la palabra se inserta en la imagen como un componente realista (Truffaut emplearía luego el recurso, de la presencia del libro como elemento visual, en Les deux anglaises et le continent). La película no sustituye ni traduce en imágenes la novela: existe a su lado con características propias.

Más allá de abrir nuevos caminos a la adaptación cinematográfica, de crear un estilo de actuación siempre mal imitado, su cine deja al espectador algunas de las escenas más bellas de la historia del cine, logradas con un ascetismo de la imagen donde lo accidental va más allá del encuadre momentáneo y refleja la voluntad firme del realizador, que para Bresson en muchos casos respondía a la mano de Dios.

Algún día se escribirá —¿o ya se escribió?— un estudio comparativo de los estilos de Bresson y Hitchcock, tan disímiles en sus medios y fines y tan bien logrados cada uno a su manera. Por el momento, quizás sea suficiente con volver a ver sus películas.

© cubaencuentro

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